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Infierno

Infierno · Dante Alighieri

Capítulo 1 de 34

Canto I · La selva oscura

A la mitad del viaje de nuestra vida me encontré en una selva obscura, por haberme apartado del camino recto. ¡Ah! Cuán penoso me sería decir lo salvaje, áspera y espesa que era esta selva, cuyo recuerdo renueva mi pavor, pavor tan amargo, que la muerte no lo es tanto. Pero antes de hablar del bien que allí encontré, revelaré las demás cosas que he visto. No sé decir fijamente cómo entré allí; tan adormecido estaba cuando abandoné el verdadero camino. Pero al llegar al pie de una cuesta, donde terminaba el valle que me había llenado de miedo el corazón, miré hacia arriba, y vi su cima revestida ya de los rayos del planeta que nos guía con seguridad por todos los senderos. Entonces se calmó algún tanto el miedo que había permanecido en el lago de mi corazón durante la noche que pasé con tanta angustia; y del mismo modo que aquel que, saliendo anhelante fuera del piélago, al llegar a la playa, se vuelve hacia las ondas peligrosas y las contempla, así mi espíritu, fugitivo aún, se volvió hacia atrás para mirar el lugar de que no salió nunca nadie vivo. Después de haber dado algún reposo a mi fatigado cuerpo, continué subiendo por la solitaria playa, procurando afirmar siempre aquel de mis pies que estuviera más bajo. Al principio de la cuesta, aparecióseme una pantera ágil, de rápidos movimientos y cubierta de manchada piel. No se separaba de mi vista, sino que interceptaba de tal modo mi camino, que me volví muchas veces para retroceder. Era a tiempo que apuntaba el día, y el sol subía rodeado de aquellas estrellas que estaban con él cuando el amor divino imprimió el primer movimiento a todas las cosas bellas. Hora y estación tan dulces me daban motivo para augurar bien de aquella fiera de pintada piel. Pero no tanto que no me infundiera terror el aspecto de un león que a su vez se me apareció: figuróseme que venía contra mí, con la cabeza alta y con un hambre tan rabiosa, que hasta el aire parecía temerle. Siguió a éste una loba que, en medio de su demacración, parecía cargada de deseos; loba que ha obligado a vivir miserable a mucha gente. El fuego que despedían sus ojos me causó tal turbación, que perdí la esperanza de llegar a la cima. Y así como el que gustoso atesora y se entristece y llora con todos sus pensamientos cuando llega el momento en que sufre una pérdida, así me hizo padecer aquella inquieta fiera, que, viniendo a mi encuentro, poco a poco me repelía hacia donde el sol se calla. Mientras yo retrocedía hacia el valle, se presentó a mi vista uno, que por su prolongado silencio parecía mudo. Cuando le vi en aquel gran desierto:

—Piedad de mí—le grité—quienquiera que seas, sombra u hombre verdadero.

Respondióme:

No soy ya hombre, pero lo he sido; mis padres fueron lombardos y ambos tuvieron a Mantua por patria. Nací «sub Julio,» aunque algo tarde, y vi a Roma bajo el mando del buen Augusto en tiempo de los dioses falsos y engañosos. Poeta fui, y canté a aquel justo hijo de Anquises, que volvió de Troya después del incendio de la soberbia Ilión. Pero, ¿por qué te entregas de nuevo a tu aflicción? ¿Por qué no asciendes al delicioso monte, que es causa y principio de todo goce?

—¡Oh! ¿Eres tú aquel Virgilio, aquella fuente que derrama tan ancho raudal de elocuencia?—le respondí ruboroso. ¡Ah!, ¡honor y antorcha de los demás poetas! Válganme para contigo el prolongado estudio y el grande amor con que he leído y meditado tu obra. Tú eres mi maestro y mi autor predilecto; tú solo eres aquél de quien he imitado el bello estilo que me ha dado tanto honor. Mira esa fiera debido a la cual retrocedía; líbrame de ella, famoso sabio, porque a su aspecto se estremecen mis venas y late con precipitación mi pulso.

—Te conviene seguir otra ruta—respondió al verme llorar—, si quieres huir de este sitio salvaje; porque esa fiera que te hace prorrumpir en tales lamentaciones no deja pasar a nadie por su camino, sino que se opone a ello matando al que a tanto se atreve. Su instinto es tan malvado y cruel, que nunca ve satisfechos sus ambiciosos deseos, y después de comer tiene más hambre que antes. Muchos son los animales a quienes se une, y serán aun muchos más hasta que venga el Lebrel y la haga morir entre dolores. Este no se alimentará de tierra ni de peltre, sino de sabiduría, de amor y de virtud, y su patria estará entre Feltro y Feltro. Será la salvación de esta humilde Italia, por quien murieron de sus heridas la virgen Camila, Euríalo y Turno y Niso. Perseguirá a la loba de ciudad en ciudad hasta que la haya arrojado en el infierno, de donde en otro tiempo la hizo salir la envidia. Ahora, por tu bien, pienso y veo claramente que debes seguirme: yo seré tu guía, y te sacaré de aquí para llevarte a un lugar eterno, donde oirás aullidos desesperados; verás los espíritus dolientes de los antiguos condenados, que llaman a gritos a la segunda muerte; verás también a los que están contentos entre las llamas, porque esperan, cuando llegue la ocasión, tener un puesto entre los bienaventurados. Si quieres, en seguida, subir hasta ellos, te acompañará en este viaje un alma más digna que yo, te dejaré con ella cuando yo parta; pues el Emperador que reina en las alturas no quiere que por mediación mía se entre en su ciudad, porque fui rebelde a su ley. El impera en todas partes y reina arriba; arriba está su ciudad y su alto solio: ¡Oh! ¡Feliz el elegido para su reino!

Y yo le contesté:

—Poeta, te requiero por ese Dios a quien no has conocido, que me hagas huir de este mal y de otro peor; condúceme adonde has dicho, para que yo vea la puerta de San Pedro y a los que, según dices, están tan desolados.

Entonces se puso en marcha, y yo seguí tras él.

Traducción de Manuel Aranda y Sanjuán (1871). Texto de Edición de la Universidad Nacional de México (1921), digitalizada por la Universidad de Toronto (Internet Archive). Dominio público en España. Descárgalo en EPUB o PDF.

Índice

  1. 1Canto I · La selva oscura4 min
  2. 2Canto II · Beatriz manda a Virgilio5 min
  3. 3Canto III · La puerta del Infierno4 min
  4. 4Canto IV · El Limbo5 min
  5. 5Canto V · Paolo y Francesca5 min
  6. 6Canto VI · Cerbero y los glotones4 min
  7. 7Canto VII · Avaros, pródigos e iracundos4 min
  8. 8Canto VIII · La ciudad de Dite4 min
  9. 9Canto IX · Las Furias y el ángel4 min
  10. 10Canto X · Farinata y los herejes4 min
  11. 11Canto XI · El mapa del Infierno4 min
  12. 12Canto XII · El Minotauro y el río de sangre5 min
  13. 13Canto XIII · El bosque de los suicidas5 min
  14. 14Canto XIV · La lluvia de fuego5 min
  15. 15Canto XV · Brunetto Latini4 min
  16. 16Canto XVI · Los tres florentinos5 min
  17. 17Canto XVII · Gerión5 min
  18. 18Canto XVIII · Malebolge5 min
  19. 19Canto XIX · Los simoníacos5 min
  20. 20Canto XX · Los adivinos4 min
  21. 21Canto XXI · Los diablos de la pez5 min
  22. 22Canto XXII · La burla de los diablos5 min
  23. 23Canto XXIII · Los hipócritas5 min
  24. 24Canto XXIV · Los ladrones y las serpientes5 min
  25. 25Canto XXV · Hombres que se vuelven serpientes5 min
  26. 26Canto XXVI · Ulises5 min
  27. 27Canto XXVII · Guido da Montefeltro5 min
  28. 28Canto XXVIII · Los que sembraron discordia5 min
  29. 29Canto XXIX · Los falsificadores5 min
  30. 30Canto XXX · Los falsarios5 min
  31. 31Canto XXXI · Los gigantes5 min
  32. 32Canto XXXII · El hielo del Cocito5 min
  33. 33Canto XXXIII · El conde Ugolino5 min
  34. 34Canto XXXIV · Lucifer5 min